Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
Gabriela Mistral
Durante los casi 26 años de vida que llevaba a cuestas poca importancia le había dado a la abertura horizontal que había en la cara, debajo de la nariz. Hasta ese momento solamente la había utilizado para hablar -algo que no paraba de hacer- y, medianamente, sonreír.
Su fisionomía la hacía ver débil ante los demás y la mostraba tierna, casi lastimera; sin embargo, debajo de esos huesos afilados se forjaba un carácter casi varonil. A ratos, verla recordaba a aquella foto en la que Frida Kahlo aparece con su familia, vestida como hombre, con ese mostacho que casi la hacía parecer tal pero que, en el fondo, mostraba una figura femenina esbelta.
Recordaba mucho esos labios que alguna vez, hacía mucho, quiso rozar, oler, recorrer con su lengua… En ese momento se mordió la boca. De pronto recordó aquella canción: "Tienes labios de saber besar..."
¿Cómo pudo, durante tanto tiempo, negarse esa sensación? Desde el momento en que sus vidas se separaron decidió no besar jamás, ni siquiera esos músculos carnosos que de repente se esfumaron. Sabía que esos labios solamente tenían un dueño, cualquier contacto con alguien más solamente podría provocarle asco. Tan solo pensarlo le causaba una náusea enorme.
A pesar de tener firme la idea de no hacerlo una boca carnosa le coqueteaba... seductora, incitadora e insidiosa.
Llegó la noche y con ella los sueños, las ansias, los deseos que en lo cotidiano no podría mostrar. Se soñó tumbada en una cama, desnuda. A lo lejos veía como lentamente se acercaba ese hombre que, a cada paso, salía de foco y lo único que quedaba en primer plano era esa carne que la jalaba, que la pedía a gritos.
Le costaba reconocer todo el tiempo que había pedido sin hacer uso de aquella carnosidad que además servía para que suministrara comida a su cuerpo y, así, poder mantenerse con vida. En su interior sabía que aquellos besos que no había dado se quedaron rancios y tenían que salir así que, en un acto casi autónomo, tomó una hoja y una pluma con las que escribió: "Se regalan besos".
Así caminó por la calle, con las miradas que la señalaban a cada paso, que la calificaban de loca... Ningún labio la rozó en los 43 kilómetros que caminó, corrió, trotó... al final, su cuerpo se rindió.
Durante los casi 26 años de vida que llevaba a cuestas poca importancia le había dado a la abertura horizontal que había en la cara, debajo de la nariz. Hasta ese momento solamente la había utilizado para hablar -algo que no paraba de hacer- y, medianamente, sonreír.
Su fisionomía la hacía ver débil ante los demás y la mostraba tierna, casi lastimera; sin embargo, debajo de esos huesos afilados se forjaba un carácter casi varonil. A ratos, verla recordaba a aquella foto en la que Frida Kahlo aparece con su familia, vestida como hombre, con ese mostacho que casi la hacía parecer tal pero que, en el fondo, mostraba una figura femenina esbelta.
Recordaba mucho esos labios que alguna vez, hacía mucho, quiso rozar, oler, recorrer con su lengua… En ese momento se mordió la boca. De pronto recordó aquella canción: "Tienes labios de saber besar..."
¿Cómo pudo, durante tanto tiempo, negarse esa sensación? Desde el momento en que sus vidas se separaron decidió no besar jamás, ni siquiera esos músculos carnosos que de repente se esfumaron. Sabía que esos labios solamente tenían un dueño, cualquier contacto con alguien más solamente podría provocarle asco. Tan solo pensarlo le causaba una náusea enorme.
A pesar de tener firme la idea de no hacerlo una boca carnosa le coqueteaba... seductora, incitadora e insidiosa.
Llegó la noche y con ella los sueños, las ansias, los deseos que en lo cotidiano no podría mostrar. Se soñó tumbada en una cama, desnuda. A lo lejos veía como lentamente se acercaba ese hombre que, a cada paso, salía de foco y lo único que quedaba en primer plano era esa carne que la jalaba, que la pedía a gritos.
Le costaba reconocer todo el tiempo que había pedido sin hacer uso de aquella carnosidad que además servía para que suministrara comida a su cuerpo y, así, poder mantenerse con vida. En su interior sabía que aquellos besos que no había dado se quedaron rancios y tenían que salir así que, en un acto casi autónomo, tomó una hoja y una pluma con las que escribió: "Se regalan besos".
Así caminó por la calle, con las miradas que la señalaban a cada paso, que la calificaban de loca... Ningún labio la rozó en los 43 kilómetros que caminó, corrió, trotó... al final, su cuerpo se rindió.
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